Duane michals: el cazador de tesoros fotográfico que revolucionó vogue
La fotografía, a menudo percibida como un mero reflejo de la realidad, encontró en Duane Michals un explorador de narrativas visuales. Su reciente fallecimiento a los 94 años nos deja a la reflexión sobre una carrera dedicada a romper esquemas y a construir historias a través de imágenes, una técnica que, según el exmodelo Chris Royer, se asemeja a una “caza de tesoros” – el término húngaro “kinscvadászat”.
De pittsburgh a las páginas de vogue: un viaje improbable
Nacido en McKeesport, Pennsylvania, en 1932, Michals descubrió su vocación artística desde temprana edad. A los 14 años ya tomaba clases de acuarela en el Carnegie Institute, pero fue un viaje a la URSS en 1958 lo que encendió su verdadera pasión: la fotografía. Abandonó sus aspiraciones como director de arte y se sumergió de lleno en el mundo de la imagen, inaugurando su primera exposición en la Underground Gallery de Nueva York en 1963.
Su paso por Condé Nast, y en particular por Vogue, marcó un antes y un después en su carrera. En 1969, capturó a un Johnny Cash introspectivo, reflejado en un espejo, una imagen que rompía con la tradición del retrato convencional y que anticipaba su particular estilo de incorporar elementos personales a sus obras. Esta técnica, unida a la introducción de texto y a la creación de secuencias narrativas, le valió el reconocimiento como “el padre de la narrativa fotográfica” a cargo del crítico Philip Gefter.

Un creativo en el corazón de la moda: las sesiones de vogue
Durante las décadas de 1970 y 1980, Michals se convirtió en un colaborador habitual de Vogue, documentando desde los ensayos de Robert Redford y Mia Farrow en el rodaje de El Gran Gatsby hasta el trabajo de la diseñadora Elsa Peretti en su emblemático estudio. Pero fueron sus sesiones para las colecciones de primavera y otoño de 1976 las que realmente definieron su legado en el mundo de la moda.
Para la sesión de primavera, Michals propuso una idea audaz: fotografiar a las modelos como “mujeres trabajando”. El escenario elegido fue la propia sala de planificación del departamento de arte de Vogue, el epicentro creativo de la revista. La imagen resultante, con Royer y otra modelo revisando transparencias de 35mm mientras un miembro del personal se esfuma en la actividad, es una instantánea icónica de la época.
Pero Michals no se conformó con una sola propuesta. Para la sesión de otoño, abandonó los exteriores y se trasladó al legendario estudio de Edita Sherman en Carnegie Hall, conocido como la “Duquesa de Carnegie Hall”. Allí, reunió a un grupo de modelos y, con una determinación tranquila, comenzó a dirigir la sesión como un “carrusel lento”, según recuerda Christiaan, el estilista de cabello.
Utilizando una velocidad de obturación lenta, Michals logró crear imágenes con una energía y una emoción inusuales en la fotografía de moda de estudio. A pesar de la aparente incomodidad inicial, todos los presentes sintieron que estaban participando en algo especial. La maestría con la que Michals manejó a un grupo numeroso de modelos, sumada al efecto de movimiento difuminado, elevó las imágenes a la categoría de obras de arte.
Michals, con su estilo único y su visión innovadora, dejó una huella imborrable en la fotografía de moda y en el arte en general. Su legado perdura como un recordatorio de que la fotografía puede ser mucho más que una simple representación de la realidad: puede ser una narrativa, una experiencia, una caza de tesoros visuales.