Nashville: un espejo brutal de la américa profunda que nos desconcierta

Kurt Vonnegut Jr. lo dijo en 1975, y la frase sigue resonando con una inquietante actualidad: 'Nashville, un teatro de sombras de lo que nos hemos convertido y dónde podríamos buscar sabiduría'. No es una reseña de cine, sino una disección implacable de una cultura que, según el propio Vonnegut, nos desconcierta y, en ocasiones, nos aterra.

La cámara como lupa: altman revela la verdad incómoda

Robert Altman, con su innovadora técnica, no nos ofrece un entretenimiento ligero. Nos presenta una cinta de acetato que, iluminada, proyecta una imagen cruda y honesta de una América que se construye sobre un sistema de anhelos, recompensas y castigos, todo ello modelado sobre el universo de la música country. La Grand Ole Opry, para los personajes de la película, adquiere una importancia casi religiosa, superando incluso al sol. ¿Deberíamos, entonces, reflexionar sobre este entramado en lugar de aferrarnos a símbolos vacíos como la Campana de la Libertad?

Altman, a través de un ingenioso artimaño, introduce a una documentalista británica, fresca de Israel y África, que intenta comprender Nashville. Su intento, sin embargo, resulta patético, su sofisticación europea chocando frontalmente con la realidad local. Su comentario, “Es puro Bergman”, seguido de “pero son las personas equivocadas para Bergman”, golpea como un rayo. Vonnegut se queda atónito ante la desconexión de esta cultura, una invención reciente, impulsada por la búsqueda de dinero, poder y fama, donde incluso el pasado es una farsa.

Lo más alarmante es cómo esta cultura, especialmente entre los más débiles, fomenta la invención de personalidades artificiales, desvinculadas de la realidad y del planeta. Un caldo de cultivo perfecto para la proliferación de individuos perturbados, capaces de justificar incluso el asesinato como la acción más lógica.

Vonnegut, recordando sus estudios de antropología, nos recuerda que cada cultura es, en esencia, tan válida como otra, plagada de absurdidades cuando es observada por un forastero. Pero esta cultura, la nuestra, es peligrosa porque ha perdido el interés por su propia supervivencia. 'Nos sentimos terriblemente inseguros por las cosas en las que hemos acordado creer'.

La inocencia fingida y la canción que lo cubre todo

La inocencia fingida y la canción que lo cubre todo

La película se abre con una grabación patriótica, un himno que celebra dos siglos de historia con un ritmo marcial. Pero al final, todo se desmorona. El caos, la locura y la falta de sentido se apoderan de la escena. No hay héroes, ni milagros, solo una multitud infantilmente desconcertada y llena de esperanza. Altman nos muestra a un pueblo estadounidense inocente, hermoso, pero también líderless, idealess, a quien solo se le ofrece una canción pegadiza y banal como consuelo.

“It don’t worry me”. Es una de nuestras más dulces invenciones, pero Vonnegut nos insta a crear algo más profundo. El hecho de que esta película, realizada por un estadounidense, demuestre nuestra capacidad para la profundidad es, en sí mismo, una señal de esperanza.

La actuación de Henry Gibson y Lily Tomlin, quienes antes provocaban risas vacías en 'Laugh-In', resulta especialmente reveladora. Hemos deshonrado nuestra cultura con canciones tontas y risas huecas, así como con una distribución injusta de admiración, poder y riqueza. El talento se recompensa a menudo a quienes, como en la película, contribuyen negativamente a la sociedad.

Vonnegut aboga por una reforma económica que priorice la amabilidad y la cordura, liberando a la gente de la obsesión por el poder y la riqueza, y permitiéndonos distinguir entre verdaderos héroes y lunáticos peligrosos. Pero, como dice el autor con una ironía mordaz: “¿Qué hay de nuevo?”. Los líderes políticos y económicos parecen carecer de ideas y de una comprensión real del pueblo estadounidense. El poder y la responsabilidad pasan a manos de los artistas, especialmente los cineastas, cuya aguda observación y capacidad para mostrar y explicar la realidad superan con creces a las del resto.

Y esa, quizás, sea la verdadera tragedia: la necesidad de recurrir al arte para entendernos a nosotros mismos.