Trump revive un formato olvidado: ¿el regreso de las convenciones intermedias?

Donald Trump, siempre un maestro en la orquestación del espectáculo político, ha anunciado la celebración de una convención intermedia republicana en Dallas, Texas. Un evento que, aunque anacrónico, podría redefinir la estrategia del partido.

Un eco del pasado: el declive demócrata de 1982

Un eco del pasado: el declive demócrata de 1982

La propuesta no es, en realidad, una innovación. Como recordaba el periodista Andrew Harnik, el Partido Demócrata ya organizó una convención intermedia en Filadelfia en 1982, un intento desesperado de reagruparse tras la debacle electoral de 1980 y la victoria de Ronald Reagan. Un evento que, según narran testigos de la época, se convirtió en un refugio para el desasosiego, donde la melancolía se disipaba en vasos de whisky en el bar del hotel, en compañía de figuras como Alex Cockburn y Christopher Hitchens. La decisión de abandonar la idea poco después, sintió como una rendición, un epitafio para una era.

Pero Trump no está interesado en la rendición. Su convención, presentada como un “rally” sin precedentes, se presenta como una celebración del “Gran Regreso Americano”, adornada con promesas de prosperidad y una retórica que evoca el fervor patriótico. “NO HAY IMPUESTO A LAS PROPINA, NO HAY IMPUESTO A HORAS EXTRA, NO HAY IMPUESTO A LA SEGURIDAD SOCIAL,” proclama el ex presidente, enumerando una agenda que, aunque familiar, resuena con fuerza entre su base electoral.

Lo que nadie cuenta es el contraste. Mientras los demócratas de 1982 se hundían en la autocomplacencia, Trump parece buscar una revitalización a través del espectáculo. La promesa de “gran entretenimiento” y la participación de “trabajadores, innovadores, emprendedores y creadores de empleo” sugieren un evento diseñado para galvanizar, no para reflexionar.

La cifra habla por sí sola: Trump ha logrado convertir un formato político prácticamente olvidado en una oportunidad para reafirmar su influencia. El 9 y 10 de septiembre, Dallas será el escenario de un evento que, independientemente de su impacto político a largo plazo, promete ofrecer una dosis considerable de teatralidad y fervor.

La convención, que se celebra en vísperas del 250 aniversario de Estados Unidos, se presenta como un cimiento para “los próximos 250 años de grandeza americana”. Un mensaje audaz, que ignora las complejidades del presente y apela a un pasado idealizado. Pero, como bien sabemos, la historia a menudo se reescribe a través de la lente del espectáculo.

La nostalgia por la banalidad, aquella que impregnó la convención demócrata de 1982, parece ser un lujo que Trump no puede permitirse. Y quizás, en esa búsqueda de una teatralidad absoluta, reside la clave de su persistente atractivo.